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martes, 21 de julio de 2009

Hilo invisible


Todas las cosas que existen, y son buenas (qué magnífica entrada de D. Enrique Monasterio explicando la imperfección subyacente a este mundo, ésa que tanto me cuesta a mí aceptar) están unidas por un hilo invisible.

Así, yo leía la Teoría de Castilla, de Ramón Peralta, disfrutando como castellana que soy (y sólo lo descubrí plenamente cuando me medí con un navarro), y como era el cumpleaños de padre nos fuímos a comer a Riaza. Y carretera adelante, "qué bonito sería llegar a Burgos", caput castellae, y por qué no vamos, y si merendamos allí, y si vamos a dormir a Santo Domingo de la Calzada, que es Año Jubilar... de repente, todo lo que leía en el libro lo vivía en persona, la quema del Fuero Juzgo a orillas del Arlanzón, la batalla de Atapuerca, el nacimiento del castellano...

En Burgos compramos unos pijamas, cepillos de dientes, líquido de lentillas, en fin, las cosas imprescindibles para una noche inesperada (madre también unos plátanos, porque toda idea de desplazamiento va en su mente acompañada por esta fruta)... y qué atardecida al entrar en Santo Domingo, un milagro románico enmedio de la Rioja, cómo puede existir tanta majestad en un pueblo tan pequeño, cuánta grandeza y nobleza, qué señorío de arte, de historia, de belleza.

Los curas jóvenes, entusiastas. Las iglesias restauradas, preciosas, la catedral un primor (¡¡qué talla de la Virgen de la Leche, con el niño y un libro sobre la falda, en el retablo de la capilla de San Juan, a la derecha mirando al ábside!! y qué enterramientos en la misma capilla, todo muy siglo XV y ese gótico hermoso tan nuestro). Horarios de confesiones, de Misas, oración del peregrino, todo, todo. (Pero las casonas, todas abandonadas o sedes oficiales, qué pasa en España, por qué no hay ayudas para que los particulares puedan conservar habitadas las casas que fueron de sus familias por siglos).

Y al día siguiente, Domingo, qué verde La Rioja, cuántas flores en las ventanas... los campos suaves, los cultivos como telas de patchwork, las suaves ondulaciones. Camino de Suso y Yuso nos saltaba el corazón, Berceo de Gonzalo, San Millán al fondo de un valle: que se pare el tiempo, que el fin del mundo me pille aquí. Y allí estaba, el primer vagido de la lengua castellana, que fue para hablar con Dios: "Cono auitorio de nuestro dueno dueno Christo..." Esplendor que no ha pasado, el claustro se quedó a medias porque se acabaron los 12.000 ducados y no había más, y esto en pleno apogeo de España... pero ya se sabe, "esto es Castilla y aquí nadie es más que nadie".

De vuelta en Santo Domingo, las cigüeñas otra vez. Diéciseis contamos, todas emparejadas: dos parejas, tres parejas, y otras tres parejas, sobre cada una de las torres. Mamá se acordaba de tía Sara, animándoles a todos a casarse: "mirad los pájaros, ¿no véis que no van nunca solos? siempre de dos en dos."

Y esta mañana, acordándome del viaje y pregustando el de Escocia que haremos pronto, si Dios quiere, he vuelto a encontrar otro hilo invisible en el libro que leía, Castilla y otras islas, de Jesús del Campo, cuando recrea desde Atapuerca el verano de 1054, en que moría García de Navarra y triunfaba Fernando de Castilla, hermanos enfrentados a pesar de que dos santos (Domingo de Silos e Iñigo de Oña) les instaron a no hacerlo... Aquel verano se separaron definitivamente las Iglesias de Oriente y Occidente, y tres días después, "el rey Macbeth de Escocia se enfrentaba en Dunsinnan a las fuerzas combinadas de su pariente Malcolm y el barón de Northumbria." Y concluye de destrenzar el hilo con este párrafo hermosísimo, me parece a mí hoy, en que también mis propias batallas -internas y exteriores- me intentan distraer el secreto que la vida esconde:

"Y así anduvieron ingleses y bizantinos y castellanos y navarros y romanos y escoceses envueltos en sus afanes en aquel verano de 1054, ocupados con las distracciones que pone la vida en el tiempo de los hombres para que no tengan ocasión de descifrar su ciencia."

lunes, 8 de junio de 2009

Domingo de excursión





Ayer salimos de excursión los cuatro. Lo que no querría olvidar, y por eso lo escribo:

  1. El ruido tan peculiar de las cigüeñas, como si golpearan, rítmicamente, la madera. Su vuelo tan hermoso. Esa gracia con la que se apoyaban sobre sus patas tan flacas, de pie y ojo avizor sobre las torres: sobre las torres picudas de la iglesia (¡¡catedral!!) de Bonilla de la Sierra (y esto es Castilla: toda la majestad del gótico en un pueblo perdido, la Edad Media detenida en cuatro casas a punto de caerse, siempre alrededor de una iglesia, y siempre defendidas por un castillo); en los altos, también, de la iglesia de Piedrahíta, que antes fue el castillo de Doña Berenguela, y lo sigue siendo, porque todo lo que asume la Iglesia sigue siendo lo que era, pero en mejor; y en lo alto de la grúa de la casita que se están haciendo los tíos.

  2. La cara del camarero cuando papá le preguntó si era hijo de Germán y nieto del que daba nombre al sitio en el que comíamos. Y que sí, y que cómo se había dado cuenta, porque se parecía más su hermano, el que vivía fuera y no quería saber nada del negocio familiar... Y cuando papá le preguntó por su padre, que se había casado tarde, la respuesta fue rápida y como para enmarcarla: "Sí, se casó tarde, pero se casó bien".

  3. El sitio en el que comimos había sido el lugar al que todo el pueblo iba a bailar cuando papá era joven. Y mucha gente, nos contó el hijo de Germán, iba ahora a comer a ese piso alto con suelo de tarima -todavía está la pianola fuera, en la entrada- y le contaba que allí se conocieron su padre y su madre.

  4. Y la cara de sorpresa alegre de tía madrina, cuando nos vió, tampoco quisiera olvidarla. Y cuando le contamos dónde habíamos comido, se rió para contarnos ella a su vez que ahí le dieron un patadón -"una coz"- bailando hace muchísimos años. Que ya no se acuerda de con quién bailaba, pero sí del dolor, y de que se volvió, pero todo el mundo miraba al techo. Así que nunca supo quién había sido.

  5. Y respondió a nuestras preguntas: que bailaban fox y pasodoble, que es lo que se bailaba entonces. Y no era por ponerse melancólica porque a ella el momento actual le parecía el mejor de todos y por nada quisiera volver al pasado, pero el pasodoble es una música bien alegre y muy española, y si ahora parece de viejos es porque los jóvenes ya no sabemos bailar, y nos ponemos en círculo "y cada uno hace lo que puede con los pies y con las manos", pero eso no es bailar ni es nada, es para disimular que no sabemos el ritmo, ni bailar uno con otra.

  6. Y la cara de la Virgen de la Vega, tan bonita ella, y como unida al gesto de las dos manos animándonos a rezar. Como si nos dijera: "venga, que no es tan difícil... yo empiezo y vosotros seguís." Como hacen las madres.

  7. Y que cuando volvíamos, el sol cayendo sobre los verdes, jara y retama y una flor morada que a mamá le gustó tanto que nos hizo parar el coche para coger un poco ("¡yo quisiera saber el nombre de todas las plantas y todos los árboles!" decía, arrebatada, en el viaje de ida), me dijo padre que no leyera en el coche, que me iba a estropear (más) la vista, y me dió una idea para no aburrirme entonces: "Mira por la ventana y te haces un álbum de imágenes mentales, para mañana repasarlas en el trabajo."

Que es lo que he hecho mientras escribía esta entrada.